viernes, 26 de julio de 2013

Los héroes de Angrois

Como siempre sucede cuando surge una tragedia, los vecinos del lugar donde ocurre acaban convirtiéndose, muy a su pesar, en héroes. Esos héroes anónimos, la mayor parte de las veces, que lo dan todo para ayudar a los afectados, que se olvidan de si mismos y se vuelcan en hacer lo que pueden, a base de “intuición”, para intentar salvar, consolar, atender y acompañar, cuando más lo necesitan, a los afectados por la tragedia.

En esta ocasión les ha tocado a los vecinos de Angrois, un barrio de Santiago, que acaba de salir del anonimato, para su desgracia y de todos los habitantes del planeta tierra, debido al terrible accidente que tuvo lugar allí, en la curva A Grandeira, donde el Alvia procedente de Madrid con destino a Ferrol, descarriló y causó la mayor tragedia ferroviaria ocurrida en España en los últimos lustros.

Sirva este blog, “Inmemorianangrois24072013” para recoger algunas de esas historias anónimas, que merecen ser conocidas y honradas como ejemplo de solidad humana y de valor individual de unas gentes que tuvieron la desgracia de estar allí y sufrir una experiencia que no olvidarán el resto de sus vidas; también tuvieron la suerte de poder ayudar a otros seres humanos y, en muchos casos, compartir con ellos, en algunos casos los últimos momentos de sus vidas, proporcionándole el calor humano y el consuelo que les acompañara en su nuevo camino.

Los héroes de Angrois en muchos casos tienen nombres y rostros… los servicios de información nos han proporcionados algunos relatos que me he tomado la libertad de tomar prestados para incluir en este blog, con el fin de que no caigan en el olvido y  nos sirvan de ejemplo de solidaridad humana.

En el mismo orden que aparecen los relatos, al final de esta entrada del blog, encontraréis los links para acceder a las fuentes originales...

Tierra y naturaleza de Galicia, foto de mi tercer camino de Santiago, 
dedicada a los héroes de Angrois.

El ACEBO cortado de un jardín de una casa gallega, me acompaño muchas jornadas, la ROSA que entregué a una peregrina-compañera de camino gallega (Yolanda) al llegar a Santiago, mientras tomabamos unos vinos el 21-11-2012 y el AGUA (símbolo de la vida que fluye) de uno de los arroyos gallegos, al entrar a Santiago por el Camino Sanabrés (muy cerca del lugar de la tragedia)... grandes recuerdos de mi último camino (el tercero).

Qué ese AGUA siga corriendo y lavando las heridas de todos los que sufrieron esa terrible tragedia y que esa ROSA, símbolo del AMOR, que seguro que Yolanda querrá compartir con todos vosotros, os ayude a sentir siempre ese AMOR por los demás, 

que demostrasteis el 24 de julio de 2013.

En mi próximo camino de Santiago me acercaré a Angrois para compartir vida 

con esos héroes en solidaridad y generosidad.

José Ramón Gutierrez, “Un héroe de solo 15 años”

Cumplió 15 años y parece que tiene la templanza de un adulto. José Ramón Gutiérrez es un hombretón de cuarto de la ESO que al ver frente a su casa cómo un tren descarrilaba se lanzó a las vías para ayudar sin imaginar lo que se iba a encontrar. Y lo primero que se encontró fueron cuerpos de pasajeros que habían salido despedidos y a una mujer entre los asientos de un vagón que suplicaba que buscaran a su pequeño. José Ramón, arrastrando la esperanza de que tal vez ese niño se encontrara vivo entre la telaraña de hierros, buscó y miró hasta que se dio cuenta de que el crío estaba muerto bajo el cuerpo de su madre. Cosas como esta las vivió José Ramón a una edad en la que a uno le sale pelusilla en el bigote y se ríe con las series juveniles.
Su testimonio es brutal. Sobre todo porque no es ficción. De ello dan fe los cuerpos sin vida que ha tenido que ver y recoger para abrirse paso entre el amasijo de hierros de uno de los vagones más destruidos.
Los psicólogos que lo han visitado estos días -los vecinos de Angrois están recibiendo apoyo profesional para superar el trago- quieren evitar que la horrorosa vivencia de un niño de 15 años derive en algo peor. Porque según le dijeron los especialistas a su madre, «no es normal que un crío que haya pasado por todo eso esté tan tranquilo» y duerma por las noches a pierna suelta. Temen que más adelante pueda revivir escenas que hoy le son ajenas. De ahí que le pidan a su madre que no le quite ojo, que esté atenta a cualquier cambio en su actitud. Porque suele pasar que las personas que han atravesado por trances semejantes se derrumben días más tarde. Le pasó a un vecino de José Ramón, al que tres días después los recuerdos se le desplomaron sobre su cabeza. Su madre contaba que «está muy entero y hoy -por ayer- no se quiso levantar de cama».
José Ramón vive en una preciosa casa de piedra pegada al parque en el que cayó ese vagón que se elevó varios metros y fue a dar contra el palco de la música. «Estaba con el móvil en la ventana. Pensé que había sido un coche o un tractor. Pero ya empecé a ver humo y salí corriendo a la calle». Lo que recuerda de aquel momento es «el silencio que había» y algo parecido a «un paisaje lunar». Entonces pensaba, como muchos en Angrois, que se trataba de una bomba. Lo primero que se encontró fueron cuerpos inertes que habían salido despedidos de los vagones. Corrió entonces hacia ellos y, al ver que nada podía hacer por sus vidas, se lanzó a las vías.
«Al entrar en un vagón me encontré con un tronco y con una cabeza», recuerda con una entereza propia de bombero curtido en mil desgracias. Luego vivió la experiencia de esa madre que le gritaba que buscase a su hijo. Y después de esa búsqueda horrorosa y acuciado por un olor que dice que jamás olvidará, atacado por el polvo e imágenes horrendas, dio por inútil seguir escudriñando el vagón y se centró en el rescate de los vivos en el exterior. Ayudó a caminar a un joven con un pie roto, asistió a una mujer con el rostro cubierto en sangre y no sabe a cuántas personas más. Todas las que le dio tiempo a atender desde que sucedió el accidenta, a las 20.41, hasta las tres de la madrugada, que regresó a casa para reunirse con su madre y hermana, que también habían participado en el rescate.
Le llamó mucho la atención el comportamiento de sus vecinos: «Sin decirnos nada, sin organizar nada, nos repartimos el trabajo. Unos iban a por mantas, otros a por martillos para romper las ventanas de los vagones, otros ayudaban a sacar heridos...». Y él estaba a todas. Su entereza deja de piedra. ¿Te viniste abajo en algún momento? «No». ¿Puedes dormir por las noches? «Sí». ¿Viajarías mañana en tren? «Sí».

El viernes estuvo departiendo con el príncipe Felipe, que lo quiso conocer cuando le hablaron del caso. Para darle muchos ánimos: «Me dijo que tenía que sobreponerme, que lo que había vivido era muy duro para un niño y que me quedara con el gesto de bondad que había hecho». El heredero de la corona española le preguntó por los estudios -cursó 4.º de la ESO y ahora pasa a 1.º de bachillerato en el colegio La Salle- y le dio un abrazo antes de despedirse y prometer que volvería a verlo pronto.

Isidoro, un vecino de Angrois: "Se me morían en las manos"

 Isidoro, un vecino de Angrois, se encontraba reunido a tan solo 20 metros de las vías, cuando escuchó la explosión. Junto a algunos vecinos, intentó rescatar a los pasajeros atrapados por las ventanas, rompiendo los cristales con piedras. Grabó los primeros momentos con su móvil.
Estos vecinos vieron los primeros muertos, los primeros heridos. Utilizaron los hierros del tren como camillas. Entonces llegó la policía. Mientras, los médicos pidieron a los vecinos que hablaran a las víctimas para evitar que se durmieran. "Se me iban en las manos", cuenta Isidoro. En el pueblo cuentan que durante ese tiempo se escucharon en las vías, una y otra vez, los móviles sonar.

Abel, vecino de Angrois: "Soy uno más y cualquiera en mi lugar haría lo mismo"
Minutos después del descarrilamiento del tren en Santiago, Abel llegaba hasta el lugar del accidente. Inmediatamente bajó a la vía para participar en las labores de rescate y ayudar a los bomberos y la policía.  "Soy uno más y cualquiera en mi lugar haría lo mismo", dice Abel, que no ha podido olvidar a una de las niñas que sacó de la zona del accidente. "En el momento que recogí a la niña la intenté calmar y decirle que todo que todo se iba a poner bien", dice Abel.
Abel es uno de los héroes anónimos que ayudó en la tragedia de Santiago. "Voy asimilando poco a poco. Yo estaba a unos 15 ó 20 minutos de la catástrofe y me vibró el coche. Me llamó mi hermana y me dijo que había descarrilado el tren y fui para allá. Conforme te vas acercando vas viendo y te vas temiendo lo peor. Intentas ayudar en todo lo que puedes."
La ayuda de Abel y de otros vecinos de Angrois fue vital en los primeros momentos. Ellos se encargaron de trasladar a los heridos y reconfortar a las víctimas, en estado de sock tras el accidente."Intenté ayudar a los heridos que habían sacado del primer vagón y luego nos dirigimos a las vías de abajo. Intentamos sacar a los heridos de la mejor manera posible, con lo que teníamos... Los vecinos traían tablones y cosas y tratamos de trasladarles lo mejor posible hasta el hospital de campaña."

Abel no llegó a entrar en los vagones. No quería entorpecer el trabajo de los profesionales. Se quedó fuera, socorriendo a los heridos que ya estaban fuera de los vagones. "Me quedé atendiendo a los que estaban fuera. Luego intenté entrar en un vagón pero había gente dentro y no quería complicar la situación asi que me quedé fuera atendiendo a los heridos y ayudando a llevarles al hospital de campaña."

"En el momento que recogí a la niña la intenté calmar y decirle que todo que todo se iba a poner bien"

Entre los heridos a los que ayudó, Abel encontró una niña. La imagen se le ha quedado grabada . "En el momento que la recogí, iba intentando calmarla, le decía que todo se iba a poner bien y ella me empezó a decir que había hablado con Dios y que todo iba a salir bien. La abrazaba y se la di al bombero para que la trasladaran", ha dicho Abel, que desearía poder contactar con la pequeña para saber que sigue bien.

Pese a su heroico comportamiento, Abel le resta importancia. "Soy uno más y cualquiera en mi lugar haría lo mismo. Todos los vecinos hemos ayudado y cualquiera haría lo mismo. Los vecinos nos hemos compenetrado muy bien y cada uno hemos tratado de ayudar como hemos podido."

El bombero al que Abel entregó la niña agradece el trabajo que hizo

José Ramón es el bombero que recogió a la pequeña tras la intervención de Abel. Él le resta importancia. "Es una simple foto que sale por casuística", ha dicho José Ramón, que ha manifestado que nunca imaginó que podía enfrentarse a una catástrofe de esa magnitud. "La dimensión de la tragedia es enorme, nadie puede pensar que puede suceder un accidente de este calibre", ha dicho José Ramon, que ha agradecido el trabajo de todos los vecinos de Angrois. "Ese muchacho me ayudó a llevar a la niña porque era un trayecto muy largo, su comportamiento ha sido ejemplar. No tuvimos tiempo de decirle nada porque solo piensas en sacar a los heridos. Muchas gracias, la colaboración ha sido extraordinaria", ha dicho José Ramón, que ha agradecido las palabras de gratitud que ha recibido el cuerpo de bomberos. 

Así lo cuenta La Voz de Galicia:

Abel Rivas no se olvidará nunca del 24 de julio de 2013. Este vecino de Angrois aún sigue conmocionado y no ha podido pegar ojo en toda la noche. «Se te vienen las imágenes que has visto y es imposible», afirma. Su casa además está muy cerca de las vías del tren donde ocurrió el trágico accidente del Alvia, donde los vecinos han seguido de cerca los trabajos para retirar el tren.
El joven, de 29 años, llegó al lugar del accidente minutos después de que se produjese. Cuenta que iba en el coche y que notó como «vibraba». A los pocos segundos recibió la llamada de su hermana que le decía que había descarrilado el tren.
«Cuando llegué no había mucha gente e intentamos sacar a los pasajeros del vagón que estaba en la plaza», explica. Más tarde bajó a las vías y allí se encontró «lo peor: los llantos, los auxilios, el caos...».
«Las imágenes me recordaban a las que había visto por televisión del 11-M», cuenta aún conmocionado. Grabado en el recuerdo se le quedó cuando sacó de uno de los vagones a una niña de «unos cinco años» que «me preguntaba por sus padres». También a una adolescente a la que también rescató entre el amasijo de hierros en el que quedaron convertidos algunos de los vagones. «Viajaba sola y más tarde estaba en estado de shock, no podía ni andar» explica Abel.
Estuvo en la denominada «zona cero» hasta la una y media de la madrugada, primero ayudando durante varias horas a retirar del tren a los heridos, y más tarde, al igual que otros muchos vecinos, esperando por si los equipos sanitarios o las fuerzas de seguridad necesitaban alguna ayuda que ellos les podían proporcionar.
Los vecinos de Angrois se volcaron ayer con la tragedia del Alvia. Abel cuenta que trajeron mantas, agua, «algunos incluso sacaron las sábanas de sus propias camas porque ya no tenían más cosas».
Hoy, cuando aún no ha pasado ni un día del accidente, Abel reconoce que actuó «por instinto». También el resto de los vecinos, a los que ya han bautizado como los «héroes de Angrois», ya que su intervención fue vital para poder salvar vidas de muchos pasajeros.

Angrois, tierra de héroes José Ramón: «Vi cómo el tren salía disparado por los aires»... José Blanco, Martín Rozas, Carmen Rico, María Rivas, Abel Rivas, Mayka Ramón etc
«Yo vivo aquí mismo, estaba en este portal porque no me abría ni me cerraba. Entonces escuché un ruido y justo después un temblor. Empecé a correr hacia aquí y tuve que esperar unos segundos porque no se podía ver nada con la cantidad de humo y polvo que había», relata José Blanco, de 48 años. Él fue el primero en meterse en el vagón que cayó sobre el palco de la fiesta. «Unos pocos segundos después ya se había levantado un poco la nube de polvo y pude ver el vagón delante de mí», continúa antes de rememorar la escena desoladora que se encontró delante justo de su casa: «Entonces salí disparado, entré en el vagón y ya vi muchos cadáveres. Recuerdo una chica, de unos veintitantos años, gritando: "Por favor, sácame de aquí". No la lograba sacar porque había que mover todos los asientos y no se podía. Tan pronto como llegó más gente empezamos a mover los asientos y a retirar a los heridos como podíamos. Algunos ya salían muertos. Es muy jodido ver personas así...». La dureza de su relato y las lágrimas que recorren el rostro de José Blanco denotan el mal trago que le tocó pasar.
Fueron esos primeros instantes en los que los vecinos de Angrois aún desconocían, en estado de shock, lo que realmente había ocurrido. Muchos dudaron. La sombra del atentado del 11-M, según reconocían algunos, rondó sus cabezas.
Sin embargo, pudo más el afán de ayudar a los numerosos heridos y su colaboración ya no tuvo fin. A la espera de que llegasen los primeros efectivos sanitarios y policiales, y en medio de una gran confusión y una necesidad imperiosa de socorrer a las víctimas, Angrois se echó a las vías. «Yo me centré en este vagón que quedó aquí en la explanada. Fue lo primero que vi y me cegué. Estuve aquí hasta que no quedó nadie por sacar, no podía pensar en otra cosa que en la gente que me gritaba que la sacara de allí», afirma José Blanco. «Todavía estábamos sacando a muchas personas del vagón de la explanada cuando muchos vecinos nos gritaban que nos fuéramos porque estaba ardiendo el vagón de abajo y pensaron que podía explotar», añade.
Una vez pasado este episodio fue la propia Policía, ya en el lugar de los hechos, la que reclamó su ayuda. Mantas, toallas, tablones. Todo era necesario para colaborar en ese campo plagado de dolor. Agua, sábanas. Los vecinos de Angrois se convirtieron en los mejores colaboradores de los equipos de rescate.
«Estábamos Martín y yo juntos hablando de temas de la asociación cuando sucedió todo», relata el vecino Anxo Puga. «Veías el vagón del tren de lado, la gente intentando abrir las puertas pidiendo auxilio, varios cadáveres por el suelo, un olor insoportable a quemado, un vagón ardiendo al lado... todo mientras la gente corría sin importarle el fuego o las chispas. Estábamos desesperados por sacar a la máxima cantidad posible de personas intentando no hacer más daño a nadie».
Cada héroe de Angrois tiene su propia historia que contar, la de un día que jamás olvidará. «Hubo un momento en el que empezó a salir humo de uno de los vagones que estaban aquí al lado y había muchas chispas, por lo que pensamos que podría estallar», recuerda Anxo Puga. «No sabíamos si echarle agua o qué hacer, estábamos con la adrenalina del momento y costaba pensar con claridad. De hecho, eso fue lo que salvó muchas vidas porque si te paras a pensarlo fríamente a lo mejor no haces nada. Pero el llanto fue lo que movió a los vecinos, los gritos de auxilio», añade.
Martín Rozas, vicepresidente de la Asociación de Vecinos de Angrois, refrenda la versión de su compañero. «Estábamos los de la asociación de vecinos hablando cuando sentimos un estruendo como si fuera un trueno y de repente un temblor como un terremoto. Veíamos cómo se iban cayendo los postes eléctricos de la vía del tren y empezó a salir una cantidad de humo enorme. Entonces fuimos a ver qué pasaba. Ya nos encontramos con un vagón de tren en la plaza del baile, varios muertos alrededor y muchas personas pidiendo auxilio. Algunos rompimos la puerta para poder entrar en el vagón y el resto bajó a la vía. Estaban rompiendo con piedras y con sus propias manos los cristales de los vagones para sacar a la gente como podían», relata Martín.
«Cuando el vagón entró en el asfalto», añade, «levantó una nube de polvo enorme. Entonces fue cuando comenzó a arder uno de los vagones que estaban en la vía. No sabíamos si echarle agua o qué hacer, así que esperamos a que vinieran los Bomberos y mientras tanto ayudábamos a la gente que podíamos ayudar en la parte de arriba. Tampoco podíamos ayudarlos a todos porque no sabíamos cómo cogerlos, podíamos provocarle más daño todavía».
Nadie escamoteó ayuda. Fue otra de las constantes de la ola de solidaridad que envolvió a la tragedia en la curva de A Grandeira. El propio Martín Rozas lo confirma: «Había dos enfermeras que habían venido a ver los fuegos y se portaron como unas valientes. Bajaron desde el primer momento y se preocuparon de ayudarnos a todos para que, dentro de nuestras posibilidades, fuéramos capeando el temporal. Llegaron todos los vecinos con mantas, sábanas, agua para los enfermos...».
Los héroes de Angrois no hicieron caso al peligro que les envolvía. «En esos momentos no piensas que estás poniendo tu seguridad en juego, no te da tiempo a pensar. Lo único que piensas es que está la gente pidiéndote auxilio. Había niños, y lo único que te pide el cuerpo es bajar y no pensar en otra cosa», señala Martín Rozas, directivo de la asociación de vecinos. «En estas circunstancias no tienes una concepción clara del tiempo. Dentro de lo malo, la suerte fue que había muchos medios porque era el día que era», asegura al recordar que se celebraba en Santiago la fiesta del Apóstol.
El heroísmo no entiende de edades. Carmen Rico, de 64 años, puso como todos su grano de arena. «Estaba dando de comer a los perros cuando sentí un sonido muy fuerte y luego un golpe enorme. Vinimos corriendo y ya vimos el tren allí. Nada más llegar ya vimos cinco personas muertas en el campo del baile. Dos delante del tren y tres detrás. Al poco ya llegó la Policía y fuimos a por toallas y tablas para llevar a los heridos», relata Carmen.
Susana tiene 31 años y a su regreso a casa se encontró con la tragedia: «Me llamaron y me dijeron que había descarrilado el tren. Pero no me podía imaginar algo así. Cuando llegué aquí y vi uno de los vagones encima de la carretera y el palco de las fiestas destrozado me quedé blanca. Estaban todos los vecinos quitando a la gente, se veían muchos muertos, aunque de ese vagón se sacó a mucha gente viva. Veías a hombres, mujeres, mayores... estaba todo el pueblo. Ningún vecino resultó herido o muerto de milagro, porque normalmente en esa zona en la que ahora está ese vagón hay gente todo el día. Gente sentada, paseando, niños..., fue un milagro».

Los vecinos se convirtieron en el mejor aliado de las fuerzas del orden y de los servicios de emergencia. «La Policía nos pedía mantas, toallas y tablones para transportar los cuerpos porque no llegaban las camillas de las ambulancias. Traíamos agua para lavarles las heridas», indica Susana.
Pasaban los minutos, pero todas las manos eran pocas. Segundo a segundo las vías se poblaban de nuevos héroes anónimos. «Yo llegué quince minutos después. Primero intentamos entrar en el vagón que estaba aquí arriba y después sacar a todos los que podíamos», relata Abel Rivas, de 29 años. «Después hubo un momento en el que había muchos fallecidos y teníamos que pasar por encima de ellos porque no dábamos abasto. Era una catástrofe total», añade.
Todos deben guardar en su memoria el impagable esfuerzo solidario que prestaron esa noche, pero también volverán a sus cabezas las imágenes más duras. Abel Rivas indica: «Lo que más me impactó fue cuando saqué a una niña de 7 u 8 años, que no sabía nada de sus padres. La fui tranquilizando como podía y a última hora de la noche la volví a ver. Cuando me dijo que sus padres estaban bien me quedé mucho más tranquilo. Recuerdo también a una niña de unos 14 o 15 años que cuando la sacamos le preguntamos si estaba con alguien más y nos dijo que viajaba sola. En el momento no estaba muy mal, pero la volví a ver por la noche y estaba en un estado de shock terrible».
La profesionalización de las labores de rescate hizo menos indispensable la espléndida colaboración que hasta entonces habían ofrecido los vecinos de Angrois. «Hubo un momento en el que nos sacaron de la vía y nos dijeron que no podíamos estar allí. Aseguraron que había doce muertos. Dimos la vuelta a la vía y cuando llegamos arriba ya eran 30 o 40 los fallecidos», indica Abel Rivas.
Ha sido demasiado. «Te quedas con una sensación de rabia, de que se podía haber hecho más, aunque no se pudiera», dice Abel Rivas, con la imagen del infierno de los trenes aún en la retina.

«En el momento no piensas que estás poniendo tu vida en peligro»
Martín Rozas y Anxo Puga
 «Para una madre como yo ver ciertas cosas resulta terriblemente duro»
María Rivas
«Sólo podía pensar en la gente que me gritaba que la sacara de allí»
José Blanco
 «Hay que hacer de tripas corazón y te tienes que quedar allí como sea»
Mayka Ramón
«Salí del vagón con arcadas por habérmelo tragado todo, ni veía ni podía respirar»
Abel Rivas

La ventana de la habitación de José Ramón apunta directamente a la curva de A Grandeira. Desde ella, fue testigo de excepción del trágico accidente de tren en Angrois. Su historia es de las que ponen los pelos de punta. En el momento de la desgracia él se encontraba en su habitación, asomado por la ventana, mientras hablaba con un amigo por teléfono.
«Vi cómo el tren salía disparado por los aires», afirma José Ramón. En ese preciso momento, y a pesar de su corta edad, no se lo pensó y bajó a toda velocidad al campo de la fiesta de Angrois, el lugar donde había aterrizado uno de los vagones del convoy. Haciendo gala de un valor poco común, José no dudó en introducirse en el vagón y, ante la estampa de la propia muerte, hizo de tripas corazón y se puso manos a la obra.
No era nada fácil dar ese paso adelante, en los primeros momentos la sombra de los atentados del 11-M todavía estaba presente y eran muchos los que no se atrevían a acercarse a los vagones. El miedo a una bomba recorría en esos momentos las cabezas de muchos de los presentes. Pero José Ramón lo tenía claro. Precaución si, pero para algo había bajado, y no estaba dispuesto a cruzarse de brazos.
Entre una nube de polvo y humo, José Ramón trabajó como uno más. Intentando sacar cuerpos de los vagones, auxiliando enfermos, poniendo la vida de los demás por encima de la suya.
Este joven vecino de Angrois admite encontrarse todavía un poco impactado. «Aún estoy un poco impactado, ver a tanta gente muerta no es nada fácil. Tantas personas tiradas por el suelo...», afirma José Ramón, mientras baja su mirada al suelo, presa del cansancio de una noche de trabajo y sufrimiento, de la tensión vivida y de unos pensamientos que está seguro de que nunca olvidará. «Ver a personas a las que le faltan partes del cuerpo es algo que creo que no se me olvidará nunca», comenta.

Los vecinos del barrio de Angrois se volcaron en ayudar. Martín Rozas "Era algo espeluznante"
Martín Rozas no viajaba en el tren accidentado en Santiago de Compostela, pero desde el bar que regenta su familia, situado a unos escasos 50 metros de donde aterrizó el vagón que voló por encima del talud, ha ayudado todo lo que ha podido.

Fueron los clientes y los dueños de este bar del barrio de Angrois -unos 150 vecinos en la zona rural de Santiago-, los primeros en llegar a prestar los auxilios al vagón, que había aplastado el palco de la feria.

Algunos de estos vecinos no dudaron en romper con sus propias manos los cristales de las ventanas del tren para rescatar a las víctimas.

Algunas, reconoce Martín, se les murieron en las manos "con mucha pena".
"Era algo espeluznante", asegura a Efe este joven, que en cualquier otra víspera de las Fiestas del Apóstol habría cerrado el bar sobre las once de la noche. Sin embargo, la de 2013 no la olvidará jamás, y no solo porque tuviera el bar abierto hasta el amanecer.

Otra de las historias de esta tragedia es la de Ana Belén Leis, santiaguesa de 37 años con dos hijos pequeños, y residente en Villena (Alicante). Viajaba en el primer vagón del tren a Santiago para la celebración de una comunión este fin de semana.

Tuvo el primer impulso de ir a su casa tras el accidente ferroviario sin pasar antes por un centro médico. El siniestro ocurrió a unos escasos 400 metros de la casa de sus abuelos, donde iba a hospedarse. Al final, tras ser atendida por su tía política, Ana Belén acudió al Policlínico de Santiago, donde permanece ingresada, con lesiones en un ojo, cortes por cristales en la cabeza y con dolor en una pierna.

Su abuela, Soledad Dubra, cuenta la historia de su nieta emocionada, con lágrimas en los ojos.


Los héroes anónimos de Angrois – Antonio, Mari Carmen, Luz…
El huerto de Antonio está pegado a las vías del tren. Su casa, a escasos metros, se llenó ayer de periodistas y curiosos que sacaban sus smartphones para dar cuenta de la catástrofe. Él, sin embargo, la vivió en primera persona. Fue uno de los primeros que acudieron a ayudar a los viajeros que «no dejaban de gritar» y utilizaban cualquier cosa que tenían a mano para ayudar a las víctimas. En un primer momento pensó que un camión se había salido de la autopista, pero al asomarse vio arder uno de los vagones. Hasta las cuatro de la mañana estuvo «salvando a los que podía». Unos cincuenta vecinos acudieron con sábanas, agua, mantas y «todo lo que encontrábamos por casa», añade Mari Carmen. Ella vio cómo el tren tomaba la curva a mucha velocidad, más de la habitual: «Nunca la había cogido tan rápido, incluso a veces el tren se para al entrar. Minutos después vimos cómo saltaba uno de los vagones».
Mientras Mari Carmen corría para ayudar acompañada de sus hijas, Antonio ya se olía lo peor y no se equivocaba: «Con ver la situación de los vagones sabías que la tragedia rozaba la del 11-M. Todo me recordaba a ello». Al bajar, lo comprobó in situ: «Pisamos cadáveres, muchos de ellos sin todos sus miembros en su sitio». Tablas de madera les sirvieron de camillas improvisadas, cualquier cosa era válida en estos momentos de angustia: «Algunas vecinas trasladaron a enfermos en sus coches, aunque las ambulancias tardaron unos diez minutos en llegar». Lo que más impactó a este agente fueron los gritos de los viajeros y la cantidad de niños que había en las vías. «Tratamos de sacar a la gente como pudimos, pero los hierros nos lo impedían. Conseguimos romper algunas ventanillas y abrimos los amasijos para que las víctimas pudieran salir. Vi tanta muerte que tuve que irme», relata la vecina que se encontró con «tres supervivientes sin ropa»: «Habían salido por sus propios medios y querían ayudar». Al igual que Antonio, también tiene grabada la cantidad de menores que viajaban en el tren: «Me crucé con un señor que llevaba en brazos a un bebé, quise ayudarle pero sólo gritaba: «No me quites al niño, no me lo quites». Otra de las vecinas de las apenas veinte casas que rodean las vías, Luz Sixto, comenta cómo vio «toda una hilera llena de cadáveres, estaban todos en un lateral». También recuerda cómo «una niña salía preguntando por su madre, se agarraba el brazo, creo que lo tenía medio amputado». Ella, al igual que el resto de vecinos, apunta a la hipótesis del exceso de velocidad: «Mirábamos con envidia el AVE de Sevilla porque éste nunca corre, pero anoche lo vimos volar por primera vez».
Los tonos de los teléfonos móviles volvieron una vez más a ser testigos de una tragedia. El primer impulso de los familiares es marcar el número de sus seres queridos, esperando escuchar su voz y respirar tranquilos. Muchos lo intentaron, pero nadie estaba al otro lado para descolgar. Los testigos cuentan cómo muchos de esos teléfonos no dejaban de sonar. Ellos no podían responder, sólo seguir ayudando.

Jesús Martínez: “Cargué muertos. Espeluznante!”
Y de repente se hizo el silencio. Un silencio atronador que contenía toda la heroicidad de Angrois, una barriada poco conocida a las afueras de Santiago por su zona sur. Retirada, de esas por las que solo pasan a diario los lugareños, algunos de los que todavía cultivan hortalizas -ayer pisoteadas- en sus jardines.  La tragedia colocaba en el mapa de las desgracias a Angrois. Y descubría el coraje de sus habitantes.

Ellos habían sido los primeros en enterarse de lo que acababa de suceder cuando el tren descarriló frente a sus casas. Habían escuchado un enorme estruendo y chirridos. Los primeros en ayudar a las víctimas con lo que tenían: las mantas que con las que siempre habían arropado sus fríos en los húmedos inviernos compostelanos daban ahora calor a los heridos y sepultura a los fallecidos esparcidos. Con sus manos rompieron vallas y ventanas.

«He cargado muertos, he sujetado sueros...», cuenta Jesús Martínez Cruz. Acaba de subir del escenario de la catástrofe. Le espera su mujer, aún nerviosa, sobrecogida e impaciente, casi sin acertar a decir palabra, sentada con su chaleco reflectante en el césped seco, rodeada de vendas, guantes, trozos de papel con sangre, jeringuillas... Es el mismo lugar donde pocas horas antes se acumulaban afectados.
Pero ahora los servicios de emergencias ya no necesitan a los vecinos, que fueron los primeros en correr en auxilio de quienes gritaban «¡ayuda, por favor! ¡Sacadme de aquí». Y, entonces, Jesús y el resto, a medianoche, pasan a un discreto segundo plano tras el cordón de seguridad. Se habían vaciado para dar todo lo que les pedían. Y en ese silencio, Angrois comenzaba a forjar su leyenda de hombres generosos y valientes. Todos los vecinos juntos, apiñados en una cuesta, en absoluto mutismo, despiertos durante una larga madrugada, tratan de otear cómo evolucionan los trabajos de recuperar cadáveres varios metros abajo.
Pero aún a esa hora algunos, como Jesús, se resisten a no poder echar una mano, y él se enzarza en una breve discusión con uno de los agentes. Termina por comprender que su colaboración altruista ya ha terminado.
Reunidos en el bar, sentados en el suelo, bomberos exhaustos esperan a que dos grandes grúas se preparen para mover los vagones en peor estado, los de la cola del tren. Y en el bar Rozas, Martín Rozas improvisa cafés para todos. Periodistas, policías, el fiscal, personal jurídico..., todos van pasando por la barra en busca de solos, cortados y con leche -preparados con una cafetera de las de casa, tal es la humildad de su negocio- para lograr reponer fuerzas.

Ahora Martín despacha azucarillos. Pero pocas horas antes también él había corrido hacia las vías. Estaba con un grupo de amigos cuando oyó el estruendo. «¡Ha sido espeluznante!». En voz baja, entrecortada por la emoción, siguen las conversaciones: los que por el ruido pensaban que era una bomba, que se había caído el puente...

 Manuel Leis: “Bajé a ayudar a los heridos y me encontré a mi hija entre ellos” (publico.es - imposible copiar el enlace)
La tarde del pasado miércoles, los vecinos estaban a lo suyo, ocupados con sus tareas cotidianas, inmersos en la misma rutina que ahora tratan de recuperar; aunque ya nada vuelva a ser lo mismo. En una de las calles que se ha convertido en el mirador improvisado, desde el que otear mejor las vías del tren e invadido ahora por trípodes y cámaras de televisión, todavía cuelgan banderines de plástico descoloridos por el sol. "Fue una suerte que no pillase a nadie en elcampo da festa" [lugar vecinal que acoge las celebraciones en los núcleos rurales de Galicia], afirma Javier Rosado, de 26 años, uno de los primeros en llegar al lugar del accidente. "Suelo venir aquí por las tardes porque vivo muy cerca. El miércoles, cuando estaba de camino, de repente, escuché un estruendo tremendo y un olor a quemado muy fuerte. Pensé que había explotado una botella de butano". Sin ni tan siquiera pensarlo, Javier salvó el desnivel y bajó hasta el tren accidentado.

"Había cristales y maletas por todas partes, gente aprisionada entre los sillones"

Para entonces, los vecinos ya habían cortando las alambreras que persuaden a los intrusos de acercarse a los raíles. De entre los fotogramas que componen su película personal de la tragedia se le ha quedado grabado el primero: "Había una pareja con un bebé muy pequeño en brazos y un niño de entre 5 y 8 años. El bebé parecía estar perfectamente bien. Los sacamos a los cuatro". Lo que sucedió en las siguientes cinco o seis horas ininterrumpidas en las que colaboró en las labores de rescate solo los allí presentes lo saben. "Rompimos las ventanas para meternos en los vagones. Había cristales y maletas por todas partes, gente aprisionada entre los sillones", rememora.
Javier es lo que Manuel Leis califica, mientras se limpia las lágrimas, "un héroe". Leis lleva sin poder pegar ojo desde que empezó la pesadilla, víspera del Día de Galicia. También vive muy cerca de la curva letal de A Grandería, por lo que no se encontraba muy lejos. Lo que ignoraba es que su hija viajaba en el tren siniestrado. "Bajé a ayudar y me encontré a mi hija, sentada en el suelo", cuenta emocionado. "Lo importante es que nos salvamos", remacha así, en plural, porque siente que en el convoy también viajaba él, aunque ni tan siquiera tuviese billete. Ana Belén, la hija, se recupera en un centro hospitalario de Santiago de los cortes que tiene en la cabeza. Del momento del accidente solo recuerda que tenía "a una señora encima" y que, a continuación, salió apoyada "en alguien".
Ese alguien bien pudo ser Abel Rivas que, desde que tuvo conocimiento del trágico suceso, peleó por "sacar al máximo número de personas posible" del amasijo de chatarra en que se habían convertido los vagones. "En un primer momento, pensé que había descarrilado un tren de mercancías, como otras veces", explica. Fue bastante peor que eso.

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Estas han sido algunas de las historias recogidas por la prensa o las TV, pero hay muchas, muchas más, una detrás de cada uno de los vecinos que vivieron en directo este hecho luctuoso que marcará para siempre sus vidas.

Estos héroes ya han tenido muchos reconocimientos, pero hubieran preferido seguir con sus vidas, sus tareas cotidianas y no haber sido protagonistas de esta triste historia...

Hubieran preferido que los Príncipes de Asturias hubieran ido por otros motivos a visitar su aldea

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Los príncipes de Asturias visitan a los vecinos de Angrois a los que califican de "ejemplo"

Los Príncipes de Asturias han acudido en la tarde de este viernes a la zona de Angrois, donde tuvo lugar el accidente de tren, para hablar con los vecinos de laa parroquia que participaron en las labores de ayuda. Sus Altezas Reales han loado la actuación de todos los habitantes de Angrois, a los que ha calificado de "ejemplo para todo el mundo".

Varias decenas de vecinos han permanecido expectantes durante los minutos previos a la llegada de Don Felipe y Doña Letizia, que se hicieron esperar hasta las 20.10 horas. El grupo, compuesto por personas de todas las edades, ha acogido la visita con cariño y entusiasmo.

Los vecinos de Angrois han recibido a los Príncipes a pocos metros de las vías de tren, tras la curva en la que se registró el accidente. Así, S.A.R. les han dado la mano e intercambiado algunas palabras, con las que les pidieron que les contasen algunas de las escenas vividas en la noche del miércoles. Relatos con los que algunos de los vecinos no han podido reprimir las lágrimas y otras muestras de emoción.

Los representantes de la asociación de vecinos de la parroquia han sido los primeros que han podido hablar con los Príncipes, a quienes han indicado el lugar en el que sucedió el siniestro y la dirección hacia donde se dirigía el convoy. Don Felipe y Doña Letizia han estado acompañados en todo momento por altos cargos públicos de España y Galicia, entre ellos la ministra de Sanidad, Ana Mato, la ministra de Fomento, Ana Pastor, el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo y el alcalde de Santiago, Ángel Currás.

Al finalizar la visita, se ha formado un corro que ha rodeado a Sus Altezas Reales, momento en que han alabado a todos los habitantes de Angrois, de los que ha dicho que son un "ejemplo para todo el mundo".

Asimismo, uno de los vecinos les ha invitado a la inauguración del monumento que pretenden hacer en la parroquia en homenaje al suceso, proposición que los Príncipes han aceptado asegurando que volverían los cuatro --en clara referencia a sus hijas, las infantas Sofía y Leonor--.

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Héroes muy a su pesar
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Cuando la vida te pide,
es necesario dejarse,
acudir a la llamada,
que te aporta bienestar.

Unas veces es amor,
otras toca sufrimiento,
más ambos aportan paz
cuando tu parte tu haces.

Los vecinos de Angrois
sufrieron una tragedia
a la puerta de sus casas
y demostraron al mundo
que saben bien su deber:
ayudar al que requiere
consuelo, ayuda y amor.

Esos momentos vividos
marcarán siempre sus vidas
las escenas fueron duras
pero más fue su tesón.

Lo dieron todo por ellos
entregando lo mejor,
y lagrimas que regaron
esa zona de terror.

Ánimo y fuerza deseo
a todos esos vecinos 
por demostrarnos a todos
cuán grande es su corazón!


A continuación incluyo los links de las fuentes originales de donde tomé la información. Allí encontraréis el relato original y las fotos o vídeos que acompañan a los reportajes.


La Voz de Galicia – José Ramón Gutiérrez
Antena3 - Isidoro

ABEL - Telecinco
…. y  La Voz de Galicia

Nueva España – José Ramón y muchos más

La Vanguardia – Martín Rozas

La Razón – Antonio, Mari Carmen, Luz

ABC  - Jesús Martínez

Telecinco - Los Principes de Asturias visitan Angrois

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